

Viernes 7 de marzo, 2008.
11:45 P.M.
Siempre es extraño llegar a un país nuevo, luego luego buscas confrontar la imagen mental que te habías creado con lo que estás viendo enfrente. Hay muchas cosas que confirmas y afortunadamente, muchas más que te sorprenden. Primero que nada, creo que Caracas es bastante más alto de lo que pensaba. Hay muchísimos edificios donde vive la gente, al parecer construidos en las décadas de 1960 y 70, según Manuel, con el dinero surgido de la fiebre petrolera de aquél entonces. Esto también significa que es una ciudad cuya principal característica es estar anclada en el presente, aunque los edificios estén un poco descuidados. Otra cosa, quizá más grande y que me gustó muchísimo, es el hecho de que prácticamente no hay espectaculares ni la invasión tremenda que hay de los anuncios en otras ciudades, sobre todo en el D.F. Esto hace que uno se pueda concentrar en admirar el paisaje y la arquitectura sin mayor distracción, claro que sí hay McDonald´s y montones de comercios por todos lados pero no sé, están ahí para uno, no uno para ellos.
La gente está bastante al pendiente de todo. Tienen los ojos muy abiertos y parecen querer saber cosas sobre ti, a la más mínima provocación te platican sobre ellos y tres de cada cuatro preguntan si eres de derecha o izquierda, de esos, la mitad no te creen lo que les dices aunque no por eso te tratan peor. La política está en todos lados y sobre todo hoy, debido a la cumbre en Santo Domingo, la gente se detenía en cuanto lugar había televisión para poder ver en qué terminaba el asunto entre Venezuela, Colombia y Ecuador. Pocas veces en mi vida había sentido estar en un momento y en un lugar en el que se estuviera escribiendo la historia y aunque evidentemente no estuve en Santo Domingo, el hecho de ver cómo los venezolanos seguían con tremendo fervor la transmisión (con toda, todita, toda razón) me hizo sentir en un estado de alerta, de ver cómo el mundo cambia y cómo de pronto parece que sí nos podemos poner de acuerdo.
Afortunadamente, los venezolanos tienen un sentido del humor increíble, así que mientras comíamos y veíamos en la tele la Cumbre de Santo Domingo, al ver la tremenda sonrisa de Chávez al saludar a Uribe, se escuchaba desde el piso inferior del restaurante un grito con innegable acento venezolano: ¡Viva Uribe! ¡Viva Uribe! Y la gente reía, estaban tranquilos, creo yo, y era una manera de desahogarse. También disfruté que a pesar de la polarización social, la gente puede aceptar esa clase de bromas y tomarlas por lo que son y siempre lo han sido, una forma de humanizar a los políticos para poder de alguna manera entender sus motivaciones y sus actos.
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